Un año con Teresa: Teresa, la Santa

En este Año Jubilar Teresiano se ha puesto en marcha la iniciativa “Un año con Teresa”, para dedicar cada mes a un aspecto sobresaliente de la figura de la mística abulense. De esta manera, además, todas las actividades del Jubileo de cada mes irán en relación con esa temática.

Comenzamos noviembre con “Teresa, la Santa”. Teresa de Jesús es una mujer fascinante por muchas razones. Los amantes de la literatura se fijan en ella como escritora, los sociólogos admiran su capacidad de reforma institucional, los filósofos elogian su pensamiento, los defensores de la dignidad de la mujer su apertura respecto de su tiempo y cualquier persona, en fin, la determinación de su carácter, la firmeza de su voluntad, la alegría y el humor que se desprenden de sus textos, así como la capacidad que tenía para superar sus limitaciones físicas y echarse a la espalda empresas audaces. Todos esos factores sorprenden a cuantos se acerca a la biografía de esa mujer abulense del siglo XVI; pero todos ellos nacen de una fuente incuestionable: su experiencia espiritual, su fidelidad al Evangelio de Jesucristo, su deseo de hacerse digna de la salvación que el Hijo de Dios procuró para ella, su respuesta a la vocación que el Padre le proponía, su apertura a que se desarrollara plenamente en ella la gracia bautismal y su fidelidad a la Iglesia de la que se declaraba orgullosa hija. En una sola palabra: de su santidad. Por eso, no es casualidad que en Ávila se le conozca simplemente como «la Santa». Toda su grandeza se deriva de su fe.

En realidad, por esta razón Teresa es digna heredera de la mejor tradición europea. Este viejo continente, del que tan orgullosos nos sentimos por haber engendrado como patrimonio común para todos los pueblos conceptos tan esenciales como los derechos humanos, la dignidad inalienable de la persona, la abolición de la esclavitud o la libertad como fuente de dignidad, ha hecho todo eso como consecuencia de la identidad cristiana que durante largos siglos configuró la estructura de sus sociedades, la mente de sus gobernantes y el alma de sus ciudadanos. Quizá tendríamos que preguntarnos si la «crisis de humanidad» a la que estamos asistiendo en occidente no se derivará, en su raíz última, del abandono generalizado de la cruz. En cualquier caso, lo principal que enseña Teresa es esto: que la santidad, participación en el ser mismo de Dios que reciben como gracia los bautizados abiertos plenamente a la acción del Espíritu Santo, es fuente de una grandeza humana reconocible para cualquiera, así como de una felicidad inagotable para aquellos que la reciben.